En ética y filosofía moral, la “apelación a la naturaleza” se derrumba de inmediato. Decir que algo es bueno porque es natural o algo es malo porque es artificial no es un argumento. La inferencia natural como bueno carece de peso lógico. Es retórica disfrazada de ontología. Pero en biología, nutrición y medicina el cálculo cambia. Allí lo natural no es una abstracción, sino el producto de millones de años de filtrado evolutivo. Ignorar esa inteligencia acumulada es imprudente. Los sistemas metabólicos, las relaciones simbióticas y los mecanismos de regulación de un organismo contienen soluciones probadas a una escala temporal imposible de igualar para la mente humana. Lo que llamamos diseño natural no es moralmente bueno, pero sí funcionalmente eficiente.
De ahí que la hibris iatrogénica, la creencia de que una intervención ingeniosa puede mejorar sin más sobre lo ya perfeccionado por la evolución termine con frecuencia en desastre. La historia está llena de ejemplos donde el desprecio a las limitaciones naturales, en nombre de la brillantez humana, generó catástrofes.
La regla es clara: en ética, apelar a la naturaleza es falaz. En ciencias de la vida, apelar a la naturaleza es prudencia: un acto de humildad epistemológica ante una inteligencia distribuida a lo largo de un tiempo infinitamente mayor que cualquier cálculo individual.
De ahí que la hibris iatrogénica, la creencia de que una intervención ingeniosa puede mejorar sin más sobre lo ya perfeccionado por la evolución termine con frecuencia en desastre. La historia está llena de ejemplos donde el desprecio a las limitaciones naturales, en nombre de la brillantez humana, generó catástrofes.
La regla es clara: en ética, apelar a la naturaleza es falaz. En ciencias de la vida, apelar a la naturaleza es prudencia: un acto de humildad epistemológica ante una inteligencia distribuida a lo largo de un tiempo infinitamente mayor que cualquier cálculo individual.