La mayoría de las personas se han acostumbrado a decepcionarse a sí mismas. Dicen que harán algo y no lo hacen. Declaran que necesitan cambiar un aspecto de su vida y permanecen inmóviles. Cada promesa rota es un corte pequeño, cada acción autodestructiva una herida más profunda. Con suficientes cortes el espíritu muere.
La autofobia no destruye de golpe, sino gota a gota: se acumula en hábitos invisibles, en la pérdida de respeto por la propia palabra. Vivir así equivale a erosionar lentamente la confianza básica en uno mismo.
El antídoto es simple en apariencia: evitar esas traiciones. Cumplir lo que uno dice, aunque sea mínimo. Respetar la palabra propia como si fuera un contrato, terminar lo que se empieza. Así la vida se limpia de cortes innecesarios y se fortalece el espíritu. Porque no hay enemigo más corrosivo que la costumbre de fallarse a uno mismo.
La autofobia no destruye de golpe, sino gota a gota: se acumula en hábitos invisibles, en la pérdida de respeto por la propia palabra. Vivir así equivale a erosionar lentamente la confianza básica en uno mismo.
El antídoto es simple en apariencia: evitar esas traiciones. Cumplir lo que uno dice, aunque sea mínimo. Respetar la palabra propia como si fuera un contrato, terminar lo que se empieza. Así la vida se limpia de cortes innecesarios y se fortalece el espíritu. Porque no hay enemigo más corrosivo que la costumbre de fallarse a uno mismo.