Schopenhauer afirmaba que, en principio, el ser humano es el único animal capaz de reclamar un carácter individual, algo más allá de lo genérico de la especie. Todos los gatos se comportan de manera similar, y qué decir de las moscas o las lombrices. Sin embargo, en la práctica, esa singularidad se revela escasa. La mayoría de los hombres, sostenía, no tienen más que un carácter común, predecible, intercambiable. Sus pensamientos y deseos, como sus rostros, son los de la edad, clase social o cultural a la que pertenecen, no los de un individuo irreductible.
De ahí la comparación brutal: la mayoría son como mercancías manufacturadas, idénticas entre sí, sin sello ni marca propia. Basta observarlos para adivinar lo que harán, dirán o desearán. Lo que debería ser un carácter único se disuelve en repeticiones triviales, en patrones que se multiplican por millares. No eres un copo de nieve hermoso y único.
De ahí la comparación brutal: la mayoría son como mercancías manufacturadas, idénticas entre sí, sin sello ni marca propia. Basta observarlos para adivinar lo que harán, dirán o desearán. Lo que debería ser un carácter único se disuelve en repeticiones triviales, en patrones que se multiplican por millares. No eres un copo de nieve hermoso y único.