La trágica ironía es que al tomar La Bastilla los revolucionarios solo encontraron a siete reclusos: cuatro falsificadores, dos encerrados por locos y un hombre recluido por orden de su familia. No quedaba un solo preso político. Sin embargo, la Bastilla sí había albergado en el pasado a numerosos detenidos por razones políticas o arbitrarias, recluidos por lettres de cachet sin juicio: opositores, escritores incómodos, nobles caídos en desgracia. No fue la realidad del momento, sino la memoria del abuso lo que convirtió su caída en símbolo.
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Μιζερη ζωη σ' ενα όμορφο σωμα
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