Hoy la división social más clara no es económica ni política, sino cognitiva: entre los que viven absorbidos por una pantalla y los que no. Basta ir a un aeropuerto, una cafetería o un restaurante para verlo. Unos permanecen hipnotizados por un flujo de imágenes y estímulos; otro leen, conversa, escribe o simplemente mira el vacío.
La diferencia no es trivial. Unos entrenan su cerebro para la distracción perpetua, incapaz de sostener una idea más allá de segundos. Los otros cultivan el silencio interior, la capacidad de atención, la posibilidad de que surja una intuición propia.
Por eso no es exageración decir que mirar una pared puede ser más productivo que brainrotearse con un feed sin fin. En la pared no hay nada, y en ese vacío se abre un espacio para el pensamiento. En el feed hay de todo, y en ese ruido se cierra cualquier posibilidad de pensar.
La diferencia no es trivial. Unos entrenan su cerebro para la distracción perpetua, incapaz de sostener una idea más allá de segundos. Los otros cultivan el silencio interior, la capacidad de atención, la posibilidad de que surja una intuición propia.
Por eso no es exageración decir que mirar una pared puede ser más productivo que brainrotearse con un feed sin fin. En la pared no hay nada, y en ese vacío se abre un espacio para el pensamiento. En el feed hay de todo, y en ese ruido se cierra cualquier posibilidad de pensar.