Las elites no son únicamente personas que poseen más dinero o estatus; también concentran una parte desproporcionada del capital humano, las redes, el conocimiento y las aspiraciones que hacen posible que otros intenten prosperar. Destruirlas puede igualar una sociedad durante unos años y empobrecerla durante generaciones.
Un estudio [7] sobre la Guerra de Corea permite observar algo parecido casi como un experimento natural. Corea del Norte invadió el Sur en junio de 1950 y en apenas dos meses ocupó casi todo el país. Después las fuerzas norcoreanas tuvieron que retirarse precipitadamente. Durante esa retirada ejecutaron civiles considerados potencialmente favorables al Sur y, de forma desproporcionada, miembros de las élites locales, personas educadas y sus familias. La intensidad media registrada fue de 1,73 asesinados por cada mil habitantes: relativamente poca gente en términos demográficos, pero seleccionada de una parte muy concreta de la distribución social.
Los autores aprovechan la forma accidental que adoptó el frente después del desembarco estadounidense en el sur para separar parcialmente causa y correlación. Los pueblos que, por razones militares difíciles de anticipar, permanecieron más tiempo bajo control de las tropas norcoreanas en retirada sufrieron más asesinatos. Setenta años después, esas localidades presentan menor luminosidad nocturna, más empleo agrícola y menor productividad industrial. Su estimación implica que un aumento del 10% en la intensidad de las ejecuciones produjo aproximadamente un 2,2% menos de PIB per cápita a largo plazo.
Lo más interesante es que el mecanismo no parece ser simplemente «mataron a la gente lista y por eso ahora hay menos gente lista». En las localidades donde hubo más ejecuciones, los niños tuvieron después menor probabilidad de estar escolarizados. Décadas más tarde seguía observándose menos acumulación de capital humano y una menor proporción de graduados universitarios.
Tiene una lógica bastante oscura. Si durante una purga los profesores, empresarios, funcionarios, propietarios y personas educadas son precisamente quienes terminan señalados, estudiar deja de parecer únicamente una inversión y empieza a parecer un riesgo. Destacar deja de ser aspiracional. El terror no necesita matar a todas las personas capaces; basta con enseñar a las demás que sobresalir puede salir caro. Los propios autores describen este mecanismo como un posible efecto de «terror» sobre la demanda de capital humano.
Esto introduce una corrección importante a la obsesión por explicar la prosperidad únicamente mediante instituciones. Las instituciones importan, pero funcionan a través de personas. Una ciudad necesita elite. Ese estrato puede provocar desigualdad, envidia y antipatía, pero también es la infraestructura humana sobre la que crece el resto. La igualdad conseguida eliminando la parte superior de una distribución es la forma más fácil de igualdad: basta con impedir que alguien sobresalga. El problema es que enseña a todos los que vienen detrás a no aspirar a ser mejores que el resto.
Un estudio [7] sobre la Guerra de Corea permite observar algo parecido casi como un experimento natural. Corea del Norte invadió el Sur en junio de 1950 y en apenas dos meses ocupó casi todo el país. Después las fuerzas norcoreanas tuvieron que retirarse precipitadamente. Durante esa retirada ejecutaron civiles considerados potencialmente favorables al Sur y, de forma desproporcionada, miembros de las élites locales, personas educadas y sus familias. La intensidad media registrada fue de 1,73 asesinados por cada mil habitantes: relativamente poca gente en términos demográficos, pero seleccionada de una parte muy concreta de la distribución social.
Los autores aprovechan la forma accidental que adoptó el frente después del desembarco estadounidense en el sur para separar parcialmente causa y correlación. Los pueblos que, por razones militares difíciles de anticipar, permanecieron más tiempo bajo control de las tropas norcoreanas en retirada sufrieron más asesinatos. Setenta años después, esas localidades presentan menor luminosidad nocturna, más empleo agrícola y menor productividad industrial. Su estimación implica que un aumento del 10% en la intensidad de las ejecuciones produjo aproximadamente un 2,2% menos de PIB per cápita a largo plazo.
Lo más interesante es que el mecanismo no parece ser simplemente «mataron a la gente lista y por eso ahora hay menos gente lista». En las localidades donde hubo más ejecuciones, los niños tuvieron después menor probabilidad de estar escolarizados. Décadas más tarde seguía observándose menos acumulación de capital humano y una menor proporción de graduados universitarios.
Tiene una lógica bastante oscura. Si durante una purga los profesores, empresarios, funcionarios, propietarios y personas educadas son precisamente quienes terminan señalados, estudiar deja de parecer únicamente una inversión y empieza a parecer un riesgo. Destacar deja de ser aspiracional. El terror no necesita matar a todas las personas capaces; basta con enseñar a las demás que sobresalir puede salir caro. Los propios autores describen este mecanismo como un posible efecto de «terror» sobre la demanda de capital humano.
Esto introduce una corrección importante a la obsesión por explicar la prosperidad únicamente mediante instituciones. Las instituciones importan, pero funcionan a través de personas. Una ciudad necesita elite. Ese estrato puede provocar desigualdad, envidia y antipatía, pero también es la infraestructura humana sobre la que crece el resto. La igualdad conseguida eliminando la parte superior de una distribución es la forma más fácil de igualdad: basta con impedir que alguien sobresalga. El problema es que enseña a todos los que vienen detrás a no aspirar a ser mejores que el resto.
RSS Feed