La depresión se suele ver como un fallo pero si es tan frecuente debería tener una razón evolutiva positiva en algunos escenarios. Cuando una persona persigue durante demasiado tiempo un objetivo imposible, seguir insistiendo deja de ser perseverancia y empieza a ser destrucción de recursos: tiempo, energía, atención. El sesgo del coste hundido y la infravaloración del coste de oportunidad.
Un estudio longitudinal [3] siguió durante unos 19 meses a chicas adolescentes y encontró algo compatible con esta idea. Las que inicialmente presentaban más síntomas depresivos desarrollaron con el tiempo una mayor capacidad para abandonar objetivos inalcanzables. Y, más importante, quienes mejoraron esa capacidad de abandonar objetivos mostraron después una reducción de los síntomas depresivos. El efecto apareció en la retirada de tratar de lograr algo casi imposible, no en la capacidad de encontrar inmediatamente otro objetivo al que aferrarse.
La lógica evolutiva es que un organismo que insiste indefinidamente en una estrategia que no funciona acaba gastando recursos que podría utilizar en otra parte. Hay momentos en los que seguir cazando en un territorio vacío, persiguiendo una pareja que no te quiere, intentando salvar una relación muerta, una carrera imposible o un proyecto condenado demuestra incapacidad para actualizar información. Parar es la estrategia eficiente.
El estado depresivo reduce energía, motivación y tendencia a perseguir recompensas. Normalmente interpretamos esas características únicamente como defectos porque observamos la depresión desde el ideal moderno de actividad permanente: producir, insistir, avanzar, intentarlo otra vez. Pero precisamente esa reducción temporal de la actividad podría servir, en determinados contextos, para impedir que sigamos quemando recursos. No toda perseverancia es virtud.
Las emociones desagradables existen por alguna causa. El dolor obliga a retirar la mano del fuego. El miedo obliga a evitar ciertos riesgos. La tristeza puede obligar a abandonar aquello que nuestra voluntad se niega a dar por perdido.
Un estudio longitudinal [3] siguió durante unos 19 meses a chicas adolescentes y encontró algo compatible con esta idea. Las que inicialmente presentaban más síntomas depresivos desarrollaron con el tiempo una mayor capacidad para abandonar objetivos inalcanzables. Y, más importante, quienes mejoraron esa capacidad de abandonar objetivos mostraron después una reducción de los síntomas depresivos. El efecto apareció en la retirada de tratar de lograr algo casi imposible, no en la capacidad de encontrar inmediatamente otro objetivo al que aferrarse.
La lógica evolutiva es que un organismo que insiste indefinidamente en una estrategia que no funciona acaba gastando recursos que podría utilizar en otra parte. Hay momentos en los que seguir cazando en un territorio vacío, persiguiendo una pareja que no te quiere, intentando salvar una relación muerta, una carrera imposible o un proyecto condenado demuestra incapacidad para actualizar información. Parar es la estrategia eficiente.
El estado depresivo reduce energía, motivación y tendencia a perseguir recompensas. Normalmente interpretamos esas características únicamente como defectos porque observamos la depresión desde el ideal moderno de actividad permanente: producir, insistir, avanzar, intentarlo otra vez. Pero precisamente esa reducción temporal de la actividad podría servir, en determinados contextos, para impedir que sigamos quemando recursos. No toda perseverancia es virtud.
Las emociones desagradables existen por alguna causa. El dolor obliga a retirar la mano del fuego. El miedo obliga a evitar ciertos riesgos. La tristeza puede obligar a abandonar aquello que nuestra voluntad se niega a dar por perdido.
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