«El aborto es la parodia demoníaca que el Anticristo hace de la Eucaristía. Por eso utiliza las mismas palabras sagradas: “Este es mi cuerpo”, con el significado blasfemamente opuesto.» La frase aparece en Jesus-Shock (2008). Peter Kreeft es un filósofo, escritor y apologista católico estadounidense, profesor de filosofía en Boston College desde 1965. Es doctor por Fordham University y ha escrito más de cien libros, especialmente sobre filosofía clásica, Tomás de Aquino, Agustín, C. S. Lewis, apologética y cristianismo.
La idea de la cita es estrictamente teológica: en la Eucaristía, Cristo dice «Este es mi cuerpo» para entregarlo por otros; Kreeft interpreta el «mi cuerpo» usado como argumento de autonomía absoluta en el aborto como una inversión de esa misma fórmula: en un caso, posesión que termina en sacrificio propio; en el otro, posesión invocada para disponer de otra vida.
El cristianismo nunca ha considerado el cuerpo una propiedad absoluta. Ni siquiera nuestro propio cuerpo nos pertenece en sentido pleno. Lo recibí sin pedirlo, no decidí sus leyes fundamentales y acabaré entregándolo a la muerte. San Pablo es brutalmente explícito: «no os pertenecéis». Para la mentalidad moderna esto resulta casi ofensivo porque destruye el dogma central del individuo soberano. Para el cristiano, en cambio, constituye la base de la dignidad humana: el cuerpo no puede tratarse como una cosa precisamente porque no es simplemente una cosa que poseemos.
El embarazo vuelve visible esa limitación de la soberanía individual de una manera especialmente incómoda. Aparece otro cuerpo dentro del cuerpo, otra vida dependiente pero distinta, con una trayectoria biológica propia. La dependencia extrema del hijo facilita lingüísticamente su reducción a extensión de la madre, pero dependencia e identidad no son lo mismo. Un recién nacido depende casi absolutamente de otros y no por eso deja de ser otro. La necesidad no cancela la alteridad.
Por eso el aborto toca algo mucho más profundo que una discusión legislativa sobre semanas, excepciones o procedimientos médicos. Obliga a decidir qué es una persona, de dónde procede su valor y hasta dónde llega la voluntad cuando encuentra delante una vida que no ha elegido. La respuesta cristiana resulta insoportable desde un punto de vista moderno: el débil no pierde dignidad por depender del fuerte, y el fuerte no adquiere derecho sobre el débil por sostener su existencia.
El Calvario es precisamente la negación de esa lógica. Dios, teniendo poder, no elimina al dependiente ni utiliza al vulnerable. Se vuelve Él mismo vulnerable. El cristianismo no adora una voluntad que se impone, sino un cuerpo clavado que podría salvarse y decide permanecer para salvar a otros. Por eso la maternidad sacrificial posee una estructura profundamente cristiana: aceptar que otro limite el propio cuerpo, el tiempo, el sueño, el dinero y el futuro porque su existencia vale más que la comodidad de conservar intacta la autonomía.
La gran disputa moderna quizá no sea entonces sobre el cuerpo, sino sobre el significado de poseerlo. Para una antropología, poseer significa disponer. Para el cristianismo, recibir significa custodiar.
La idea de la cita es estrictamente teológica: en la Eucaristía, Cristo dice «Este es mi cuerpo» para entregarlo por otros; Kreeft interpreta el «mi cuerpo» usado como argumento de autonomía absoluta en el aborto como una inversión de esa misma fórmula: en un caso, posesión que termina en sacrificio propio; en el otro, posesión invocada para disponer de otra vida.
El cristianismo nunca ha considerado el cuerpo una propiedad absoluta. Ni siquiera nuestro propio cuerpo nos pertenece en sentido pleno. Lo recibí sin pedirlo, no decidí sus leyes fundamentales y acabaré entregándolo a la muerte. San Pablo es brutalmente explícito: «no os pertenecéis». Para la mentalidad moderna esto resulta casi ofensivo porque destruye el dogma central del individuo soberano. Para el cristiano, en cambio, constituye la base de la dignidad humana: el cuerpo no puede tratarse como una cosa precisamente porque no es simplemente una cosa que poseemos.
El embarazo vuelve visible esa limitación de la soberanía individual de una manera especialmente incómoda. Aparece otro cuerpo dentro del cuerpo, otra vida dependiente pero distinta, con una trayectoria biológica propia. La dependencia extrema del hijo facilita lingüísticamente su reducción a extensión de la madre, pero dependencia e identidad no son lo mismo. Un recién nacido depende casi absolutamente de otros y no por eso deja de ser otro. La necesidad no cancela la alteridad.
Por eso el aborto toca algo mucho más profundo que una discusión legislativa sobre semanas, excepciones o procedimientos médicos. Obliga a decidir qué es una persona, de dónde procede su valor y hasta dónde llega la voluntad cuando encuentra delante una vida que no ha elegido. La respuesta cristiana resulta insoportable desde un punto de vista moderno: el débil no pierde dignidad por depender del fuerte, y el fuerte no adquiere derecho sobre el débil por sostener su existencia.
El Calvario es precisamente la negación de esa lógica. Dios, teniendo poder, no elimina al dependiente ni utiliza al vulnerable. Se vuelve Él mismo vulnerable. El cristianismo no adora una voluntad que se impone, sino un cuerpo clavado que podría salvarse y decide permanecer para salvar a otros. Por eso la maternidad sacrificial posee una estructura profundamente cristiana: aceptar que otro limite el propio cuerpo, el tiempo, el sueño, el dinero y el futuro porque su existencia vale más que la comodidad de conservar intacta la autonomía.
La gran disputa moderna quizá no sea entonces sobre el cuerpo, sino sobre el significado de poseerlo. Para una antropología, poseer significa disponer. Para el cristianismo, recibir significa custodiar.
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