El cristianismo distingue entre ocuparse de un problema y dejarse poseer por él. La prudencia mira la realidad, actúa y después acepta sus límites. La preocupación reproduce mentalmente futuros que todavía no existen y pretende que sufrirlos por adelantado nos concede algún control sobre ellos. Solo consigue que el mal posible produzca sufrimiento antes de haber ocurrido.
San Francisco de Sales lo formuló así: «La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado». «A quien el demonio no logra que cometa grandes pecados, trata de que viva con grandes preocupaciones». En Introducción a la vida devota explica que el enemigo utiliza precisamente la tristeza y la inquietud para debilitar la voluntad, quitar el gusto por la oración y volver desagradable el bien.
Santa Teresa llega prácticamente al mismo sitio por otra vía: «Nada te turbe; nada te espante; todo se pasa; Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta.» La conclusión es todavía más radical: solo Dios basta. El mundo cambia porque su naturaleza es cambiar; convertir cada variación del mundo en una perturbación interior significa exigir estabilidad precisamente a aquello que no puede proporcionarla.
San Paisio dice: «No tengas miedo de nada. Verás que todo sucederá como Dios quiere. Ten arrepentimiento, oración y confianza en Dios. No importa lo oscuro que se vuelva el mundo, al final prevalecerá la Luz.» Nos habla sobre abandonar los propios planes en Dios y confiar en que Él hará lo mejor.
Todo esto no es una invención posterior de santos. Está ya en el centro del Evangelio. Cristo dice: «No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán.» Y antes de la Pasión: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.» San Pedro lo reduce todavía más: «Derramad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros.» San Pablo da casi un procedimiento: «No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica».
No se está recomendando indiferencia, pasividad ni estupidez. El mismo cristianismo que condena la inquietud exige trabajar, prever, gobernar, ahorrar, cuidar de la familia y cumplir las obligaciones. Lo que rechaza es la fantasía de que la rumiación añade algo a la acción. Se puede preparar una operación médica sin imaginar cien veces la propia muerte. Se puede buscar trabajo sin representar todas las noches la ruina. Se puede preocuparse por una guerra sin consumir durante seis horas noticias que no modifican absolutamente ninguna decisión propia.
La preocupación excesiva contiene además una pequeña herejía práctica. El creyente afirma intelectualmente que existe Providencia, pero después organiza emocionalmente su vida como si el universo dependiera exclusivamente de él. Ahí se entiende mejor la intuición de san Francisco de Sales sobre el demonio. No hace falta conseguir que alguien abandone la fe si se puede lograr que viva permanentemente preocupado. Un hombre angustiado reza peor, piensa peor, duerme peor, decide peor, escucha peor y tiene menos capacidad para ocuparse de los demás. Puede seguir siendo formalmente cristiano mientras toda su atención pertenece al miedo. No hace falta quitarle a Dios; basta con conseguir que piense todo el día en otra cosa.
La paz cristiana no consiste en pensar que todo saldrá como queremos. San Paisio dice algo bastante más duro: saldrá como Dios quiera. La confianza no procede de conocer el futuro, sino de aceptar que no necesitamos gobernarlo.
San Francisco de Sales lo formuló así: «La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado». «A quien el demonio no logra que cometa grandes pecados, trata de que viva con grandes preocupaciones». En Introducción a la vida devota explica que el enemigo utiliza precisamente la tristeza y la inquietud para debilitar la voluntad, quitar el gusto por la oración y volver desagradable el bien.
Santa Teresa llega prácticamente al mismo sitio por otra vía: «Nada te turbe; nada te espante; todo se pasa; Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta.» La conclusión es todavía más radical: solo Dios basta. El mundo cambia porque su naturaleza es cambiar; convertir cada variación del mundo en una perturbación interior significa exigir estabilidad precisamente a aquello que no puede proporcionarla.
San Paisio dice: «No tengas miedo de nada. Verás que todo sucederá como Dios quiere. Ten arrepentimiento, oración y confianza en Dios. No importa lo oscuro que se vuelva el mundo, al final prevalecerá la Luz.» Nos habla sobre abandonar los propios planes en Dios y confiar en que Él hará lo mejor.
Todo esto no es una invención posterior de santos. Está ya en el centro del Evangelio. Cristo dice: «No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán.» Y antes de la Pasión: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.» San Pedro lo reduce todavía más: «Derramad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros.» San Pablo da casi un procedimiento: «No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica».
No se está recomendando indiferencia, pasividad ni estupidez. El mismo cristianismo que condena la inquietud exige trabajar, prever, gobernar, ahorrar, cuidar de la familia y cumplir las obligaciones. Lo que rechaza es la fantasía de que la rumiación añade algo a la acción. Se puede preparar una operación médica sin imaginar cien veces la propia muerte. Se puede buscar trabajo sin representar todas las noches la ruina. Se puede preocuparse por una guerra sin consumir durante seis horas noticias que no modifican absolutamente ninguna decisión propia.
La preocupación excesiva contiene además una pequeña herejía práctica. El creyente afirma intelectualmente que existe Providencia, pero después organiza emocionalmente su vida como si el universo dependiera exclusivamente de él. Ahí se entiende mejor la intuición de san Francisco de Sales sobre el demonio. No hace falta conseguir que alguien abandone la fe si se puede lograr que viva permanentemente preocupado. Un hombre angustiado reza peor, piensa peor, duerme peor, decide peor, escucha peor y tiene menos capacidad para ocuparse de los demás. Puede seguir siendo formalmente cristiano mientras toda su atención pertenece al miedo. No hace falta quitarle a Dios; basta con conseguir que piense todo el día en otra cosa.
La paz cristiana no consiste en pensar que todo saldrá como queremos. San Paisio dice algo bastante más duro: saldrá como Dios quiera. La confianza no procede de conocer el futuro, sino de aceptar que no necesitamos gobernarlo.
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