Queremos cosas porque vemos que otros las quieren, admiramos a quienes son admirados y construimos parte de nuestra identidad copiando modelos. Durante casi toda la historia esos modelos estaban relativamente cerca: el hombre respetado del pueblo, el mejor estudiante, el empresario local, el hermano mayor, el profesor. Se imitaba a personas reales, con virtudes visibles y defectos imposibles de esconder.
Internet sustituyó ese mimetismo limitado por otro global. Ya no compites psicológicamente con las cincuenta personas que conoces, sino con una selección automática de los individuos más ricos, atractivos, interesantes y fotogénicos del planeta. Y ni siquiera compites con ellos, sino con sus mejores diez segundos después de edición, iluminación, selección y optimización para engagement.
Don Quijote enloqueció leyendo libros de caballerías hasta querer convertirse en aquello que encontraba en ellos. Si naciera hoy quizá no querría ser caballero andante, querría parecer un financiero old money del Nueva York de los ochenta porque ha visto cincuenta reels generados con IA de hombres con gabardina entrando en el Plaza, fumando puros y cerrando operaciones que nunca existieron.
La diferencia es que el modelo actual puede ser completamente ficticio. El cochazo es alquilado, la casa es un Airbnb, el cuerpo está retocado y el mensaje ha sido cuidadosamente elegido para producir contenido. Incluso quienes aparentemente viven esa vida empiezan a experimentarla desde fuera: el restaurante importa por cómo quedará fotografiado, el viaje por el vídeo corto, la pareja por la narrativa, el cuerpo por la audiencia. Ya no se optimiza el contenido para representar la vida. Se optimiza la vida para producir contenido.
Baudrillard llamaba hiperrealidad a un mundo donde la representación termina sustituyendo aquello que supuestamente representaba. Las redes han conseguido algo todavía más extraño: productores y consumidores habitan simultáneamente esa representación. Unos fabrican una vida ideal que no viven así; los otros intentan reproducirla y, al hacerlo, convierten también su propia vida en material representable.
Antes deseábamos lo que tenía alguien. Ahora deseamos lo que parece tener alguien que quizá tampoco lo tiene. El deseo mimético sigue siendo humano. Lo nuevo es que ahora el modelo es global y puede ni siquiera existir.
Internet sustituyó ese mimetismo limitado por otro global. Ya no compites psicológicamente con las cincuenta personas que conoces, sino con una selección automática de los individuos más ricos, atractivos, interesantes y fotogénicos del planeta. Y ni siquiera compites con ellos, sino con sus mejores diez segundos después de edición, iluminación, selección y optimización para engagement.
Don Quijote enloqueció leyendo libros de caballerías hasta querer convertirse en aquello que encontraba en ellos. Si naciera hoy quizá no querría ser caballero andante, querría parecer un financiero old money del Nueva York de los ochenta porque ha visto cincuenta reels generados con IA de hombres con gabardina entrando en el Plaza, fumando puros y cerrando operaciones que nunca existieron.
La diferencia es que el modelo actual puede ser completamente ficticio. El cochazo es alquilado, la casa es un Airbnb, el cuerpo está retocado y el mensaje ha sido cuidadosamente elegido para producir contenido. Incluso quienes aparentemente viven esa vida empiezan a experimentarla desde fuera: el restaurante importa por cómo quedará fotografiado, el viaje por el vídeo corto, la pareja por la narrativa, el cuerpo por la audiencia. Ya no se optimiza el contenido para representar la vida. Se optimiza la vida para producir contenido.
Baudrillard llamaba hiperrealidad a un mundo donde la representación termina sustituyendo aquello que supuestamente representaba. Las redes han conseguido algo todavía más extraño: productores y consumidores habitan simultáneamente esa representación. Unos fabrican una vida ideal que no viven así; los otros intentan reproducirla y, al hacerlo, convierten también su propia vida en material representable.
Antes deseábamos lo que tenía alguien. Ahora deseamos lo que parece tener alguien que quizá tampoco lo tiene. El deseo mimético sigue siendo humano. Lo nuevo es que ahora el modelo es global y puede ni siquiera existir.
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