La atención se pierde mediante interrupciones. Un mensaje, un icono, una vibración, una notificación que ni siquiera abrimos. Cada estímulo parece trivial, pero obliga al cerebro a interrumpir momentáneamente la tarea en curso, evaluar su relevancia y decidir si merece desplazar hacia él recursos cognitivos.
Un estudio [4] encontró que las notificaciones de redes sociales ralentizan el procesamiento cognitivo. Los participantes realizaban una tarea mientras recibían avisos similares a los de un smartphone. No tenían que responderlos ni abandonar lo que estaban haciendo: la mera aparición de la notificación bastaba para deteriorar temporalmente el rendimiento. El efecto no dependía únicamente del sonido o de la presencia visual del aviso. El cerebro activa asociaciones aprendidas y anticipa la posibilidad de que contenga información relevante. Cuando decidimos conscientemente ignorar la notificación ya se ha perdido parte de la atención. Midieron cambios en la dilatación de las pupilas y mostraron que la interrupción afecta de forma física.
Más interesante todavía, la magnitud del efecto estaba relacionada con la frecuencia habitual de interacción con el teléfonomás que con el tiempo total pasado frente a la pantalla. Dos horas leyendo de forma continua y dos horas divididas en doscientas consultas no son cognitivamente equivalentes. El problema no es simplemente la pantalla, sino la discontinuidad.
Cada interrupción exige reconstruir dónde estábamos, recuperar el modelo mental de la tarea, devolver a la memoria de trabajo los elementos relevantes y alcanzar otra vez el nivel de concentración anterior. Por eso silenciar las notificaciones es buena idea.
Un estudio [4] encontró que las notificaciones de redes sociales ralentizan el procesamiento cognitivo. Los participantes realizaban una tarea mientras recibían avisos similares a los de un smartphone. No tenían que responderlos ni abandonar lo que estaban haciendo: la mera aparición de la notificación bastaba para deteriorar temporalmente el rendimiento. El efecto no dependía únicamente del sonido o de la presencia visual del aviso. El cerebro activa asociaciones aprendidas y anticipa la posibilidad de que contenga información relevante. Cuando decidimos conscientemente ignorar la notificación ya se ha perdido parte de la atención. Midieron cambios en la dilatación de las pupilas y mostraron que la interrupción afecta de forma física.
Más interesante todavía, la magnitud del efecto estaba relacionada con la frecuencia habitual de interacción con el teléfonomás que con el tiempo total pasado frente a la pantalla. Dos horas leyendo de forma continua y dos horas divididas en doscientas consultas no son cognitivamente equivalentes. El problema no es simplemente la pantalla, sino la discontinuidad.
Cada interrupción exige reconstruir dónde estábamos, recuperar el modelo mental de la tarea, devolver a la memoria de trabajo los elementos relevantes y alcanzar otra vez el nivel de concentración anterior. Por eso silenciar las notificaciones es buena idea.
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