La distopía no llega súbitamente, normalmente llega como degradación estética que termina pareciendo normal. Una sociedad pierde orden y belleza paulatinamente y al cabo de una generación nadie recuerda que alguna vez pudo ser distinta.
Las fotografías urbanas de mediados del siglo XX producen una sensación extraña precisamente por eso. No muestran una utopía: había pobreza, violencia, desigualdad, enfermedades y vidas mucho más duras que las actuales. Pero muestran algo que hemos perdido en buena parte del espacio público: estética y orden. La gente salía a la calle vestida como si encontrarse con desconocidos importara. Los edificios pretendían durar y tenían ornamentación en vez de funcionalidad. Los comercios tenían identidad. Existían códigos visibles sobre cómo presentarse, cómo comportarse y cuánto de la propia dejadez era razonable imponer a los demás.
El progreso material de las últimas décadas es enorme. Tenemos mejores medicamentos, proteínas diversas a un coste asumible, vuelos accesibles y una capacidad tecnológica que habría parecido magia en 1950. Pero ese progreso creó una ilusión: que si las variables cuantificables mejoran, entonces necesariamente mejora la civilización. Una sociedad puede enriquecerse mientras su espacio público se embrutece, su arquitectura se abarata, su ropa se infantiliza, su lenguaje se empobrece y sus estándares de comportamiento desaparecen.
El error está en pensar que decadencia significa necesariamente hambre o ruinas. Roma no deja de ser Roma el día en que arde. Antes ocurre algo más sutil: se tolera lo que antes producía vergüenza. La camiseta sustituye a la camisa, el chándal invade lugares donde antes existía un código, el altavoz sustituye a los auriculares, la fachada de materiales sospechosos sustituye a la piedra, el grafiti sustituye al muro limpio y cualquier exigencia estética termina interpretándose como elitismo.
Por supuesto, las fotografías antiguas están sesgadas. No vemos las viviendas rdslss ni a quienes no podían permitirse pasear por esas calles vestidos así. La nostalgia puede mentir. Pero que la fotografía idealice una época no significa que todo lo que percibimos sea una ilusión. También puede conservar estándares que realmente existieron y que hemos decidido abandonar porque mantenerlos requería esfuerzo y unos valores que han desaparecido.
Lo verdaderamente distópico no es que el presente sea peor en todo. Es que puede ser objetivamente mejor en cientos de dimensiones y, al mismo tiempo, resultar visiblemente más feo, más ruidoso y más vulgar. El progreso tecnológico y la decadencia cultural pueden ocurrir simultáneamente.
Las fotografías urbanas de mediados del siglo XX producen una sensación extraña precisamente por eso. No muestran una utopía: había pobreza, violencia, desigualdad, enfermedades y vidas mucho más duras que las actuales. Pero muestran algo que hemos perdido en buena parte del espacio público: estética y orden. La gente salía a la calle vestida como si encontrarse con desconocidos importara. Los edificios pretendían durar y tenían ornamentación en vez de funcionalidad. Los comercios tenían identidad. Existían códigos visibles sobre cómo presentarse, cómo comportarse y cuánto de la propia dejadez era razonable imponer a los demás.
El progreso material de las últimas décadas es enorme. Tenemos mejores medicamentos, proteínas diversas a un coste asumible, vuelos accesibles y una capacidad tecnológica que habría parecido magia en 1950. Pero ese progreso creó una ilusión: que si las variables cuantificables mejoran, entonces necesariamente mejora la civilización. Una sociedad puede enriquecerse mientras su espacio público se embrutece, su arquitectura se abarata, su ropa se infantiliza, su lenguaje se empobrece y sus estándares de comportamiento desaparecen.
El error está en pensar que decadencia significa necesariamente hambre o ruinas. Roma no deja de ser Roma el día en que arde. Antes ocurre algo más sutil: se tolera lo que antes producía vergüenza. La camiseta sustituye a la camisa, el chándal invade lugares donde antes existía un código, el altavoz sustituye a los auriculares, la fachada de materiales sospechosos sustituye a la piedra, el grafiti sustituye al muro limpio y cualquier exigencia estética termina interpretándose como elitismo.
Por supuesto, las fotografías antiguas están sesgadas. No vemos las viviendas rdslss ni a quienes no podían permitirse pasear por esas calles vestidos así. La nostalgia puede mentir. Pero que la fotografía idealice una época no significa que todo lo que percibimos sea una ilusión. También puede conservar estándares que realmente existieron y que hemos decidido abandonar porque mantenerlos requería esfuerzo y unos valores que han desaparecido.
Lo verdaderamente distópico no es que el presente sea peor en todo. Es que puede ser objetivamente mejor en cientos de dimensiones y, al mismo tiempo, resultar visiblemente más feo, más ruidoso y más vulgar. El progreso tecnológico y la decadencia cultural pueden ocurrir simultáneamente.
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