En una entrevista de 1977, Sara Davidson le dijo a Joan Didion que había cierta estética deliberada en su manera de vivir y recordó que utilizaba la buena cubertería de plata todos los días. Didion respondió: «Bueno, todos los días son lo único que hay.»
La vida se organiza exactamente al revés. Guardamos la vajilla buena para invitados, la camisa buena para una ocasión, una botella para algún momento especial, un viaje para cuando haya tiempo, una idea para cuando estemos preparados. Hay objetos que pasan veinte años esperando una vida suficientemente importante para ser utilizados.
El problema es que la vida importante no llega como una categoría distinta. Llega un martes. Desayunas, trabajas, hablas con alguien, vuelves a casa y ese día desaparece para siempre. La distinción entre días ordinarios y extraordinarios es útil para organizar calendarios, pero bastante falsa como filosofía de vida. Lo ordinario constituye casi toda la existencia.
Utilizar la plata buena todos los días no significa convertir cada comida en una ceremonia barroca. Significa negarse a reservar sistemáticamente la belleza para una versión futura de uno mismo. Comer en un plato bonito, llevar ropa que te gusta, encender una vela, utilizar el vaso bueno, comprar flores aunque no venga nadie. Pequeñas decisiones que parten de una premisa radical: el presente es la vida.
Hay además algo perverso en conservar demasiado bien las cosas. Uno termina protegiendo objetos para un futuro que quizá no llegue, mientras vive peor los días que sí llegan.
La vida se organiza exactamente al revés. Guardamos la vajilla buena para invitados, la camisa buena para una ocasión, una botella para algún momento especial, un viaje para cuando haya tiempo, una idea para cuando estemos preparados. Hay objetos que pasan veinte años esperando una vida suficientemente importante para ser utilizados.
El problema es que la vida importante no llega como una categoría distinta. Llega un martes. Desayunas, trabajas, hablas con alguien, vuelves a casa y ese día desaparece para siempre. La distinción entre días ordinarios y extraordinarios es útil para organizar calendarios, pero bastante falsa como filosofía de vida. Lo ordinario constituye casi toda la existencia.
Utilizar la plata buena todos los días no significa convertir cada comida en una ceremonia barroca. Significa negarse a reservar sistemáticamente la belleza para una versión futura de uno mismo. Comer en un plato bonito, llevar ropa que te gusta, encender una vela, utilizar el vaso bueno, comprar flores aunque no venga nadie. Pequeñas decisiones que parten de una premisa radical: el presente es la vida.
Hay además algo perverso en conservar demasiado bien las cosas. Uno termina protegiendo objetos para un futuro que quizá no llegue, mientras vive peor los días que sí llegan.
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