Aristóteles entendió algo que la teoría política moderna tiende a esconder detrás de constituciones, regulaciones y derechos: una ciudad no se mantiene unida únicamente porque todos obedezcan las mismas leyes. Necesita philia, una forma de amistad cívica. En la Ética a Nicómaco llega a decir que la amistad «mantiene unidas las ciudades» y que los legisladores parecen preocuparse por ella incluso más que por la justicia.
No significa que todos los ciudadanos tengan que ser amigos personales. La philia politiké es algo más estructural: reconocerse como miembros de una misma comunidad, desear que esta prospere y aceptar que existen bienes que solo pueden producirse conjuntamente. Aristóteles relaciona esta amistad con la homonoia, la concordia: una ciudad la posee cuando sus ciudadanos coinciden sobre aquello que les conviene, eligen ciertos fines comunes y están dispuestos a actuar juntos para conseguirlos.
Eso introduce una condición previa a la democracia que normalmente damos por supuesta. Votar solo funciona mientras el perdedor considere al ganador un adversario y no un enemigo extranjero ocupando temporalmente el Estado. Pagar impuestos requiere cierta confianza en quienes recibirán parte de ellos. Aceptar decisiones mayoritarias exige creer que seguimos formando un «nosotros» después de perder una elección. Cuando desaparece ese mínimo de amistad política, las instituciones permanecen formalmente intactas mientras cada grupo empieza a utilizarlas para defenderse de los demás.
En la actualidad es fácil convertir una teoría de la concordia cívica en una teoría racial o étnica mucho más fuerte de lo que Aristóteles escribió, ya que los extranjeros eran esclavos en su época. La philia aristotélica se construye sobre vida compartida, instituciones, costumbres, educación política, fines comunes y percepción de beneficio mutuo; no sobre una simple identidad genética, que el filósofo da por supuesta.
Una sociedad puede incorporar personas de orígenes muy distintos, pero necesita convertirlas en ciudadanos de una comunidad suficientemente común. Si cada grupo conserva lealtades incompatibles, relatos históricos irreconciliables, normas morales distintas y la sensación de que la política consiste en capturar recursos para los suyos, la philia se vuelve difícil. La diversidad no destruye automáticamente una comunidad; la ausencia de integración sí puede impedir que llegue a existir una.
La modernidad ha intentado sustituir esa sustancia por regulaciones: no importa demasiado quiénes somos mientras respetemos las leyes. Aristóteles probablemente habría considerado la fórmula incompleta o directamente errónea. Las reglas necesitan personas que quieran seguir viviendo juntas después de aplicarlas.
No significa que todos los ciudadanos tengan que ser amigos personales. La philia politiké es algo más estructural: reconocerse como miembros de una misma comunidad, desear que esta prospere y aceptar que existen bienes que solo pueden producirse conjuntamente. Aristóteles relaciona esta amistad con la homonoia, la concordia: una ciudad la posee cuando sus ciudadanos coinciden sobre aquello que les conviene, eligen ciertos fines comunes y están dispuestos a actuar juntos para conseguirlos.
Eso introduce una condición previa a la democracia que normalmente damos por supuesta. Votar solo funciona mientras el perdedor considere al ganador un adversario y no un enemigo extranjero ocupando temporalmente el Estado. Pagar impuestos requiere cierta confianza en quienes recibirán parte de ellos. Aceptar decisiones mayoritarias exige creer que seguimos formando un «nosotros» después de perder una elección. Cuando desaparece ese mínimo de amistad política, las instituciones permanecen formalmente intactas mientras cada grupo empieza a utilizarlas para defenderse de los demás.
En la actualidad es fácil convertir una teoría de la concordia cívica en una teoría racial o étnica mucho más fuerte de lo que Aristóteles escribió, ya que los extranjeros eran esclavos en su época. La philia aristotélica se construye sobre vida compartida, instituciones, costumbres, educación política, fines comunes y percepción de beneficio mutuo; no sobre una simple identidad genética, que el filósofo da por supuesta.
Una sociedad puede incorporar personas de orígenes muy distintos, pero necesita convertirlas en ciudadanos de una comunidad suficientemente común. Si cada grupo conserva lealtades incompatibles, relatos históricos irreconciliables, normas morales distintas y la sensación de que la política consiste en capturar recursos para los suyos, la philia se vuelve difícil. La diversidad no destruye automáticamente una comunidad; la ausencia de integración sí puede impedir que llegue a existir una.
La modernidad ha intentado sustituir esa sustancia por regulaciones: no importa demasiado quiénes somos mientras respetemos las leyes. Aristóteles probablemente habría considerado la fórmula incompleta o directamente errónea. Las reglas necesitan personas que quieran seguir viviendo juntas después de aplicarlas.
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