Simone de Beauvoir recuerda a la joven Simone Weil como una compañera brillante, rara e incómoda. Al saber que una hambruna devastaba China, Weil se puso a llorar. Beauvoir admiró aquella capacidad de sufrir por una desgracia ocurrida al otro lado del mundo. Más tarde hablaron y Beauvoir sostuvo que el problema humano no consistía únicamente en alcanzar el bienestar material, sino también en encontrar sentido a la existencia. Weil la cortó: «Se nota que usted nunca ha pasado hambre.»
La frase resulta especialmente interesante porque ninguna de las dos era pobre. Weil era hija de un médico y de una familia culta; su hermano André Weil acabaría siendo uno de los grandes matemáticos del siglo XX. Beauvoir nació también en una familia burguesa católica parisina, con un padre jurista y una madre procedente de una familia acomodada de banqueros. Su familia perdió buena parte de su dinero después de la Primera Guerra Mundial, pero conservó educación, capital cultural y conciencia de clase. Las dos podían hablar de los pobres desde fuera. La diferencia es que Weil parecía entender mejor qué significa que lo material deje de ser una cuestión teórica.
Se puede ser pstpps, hablar constantemente de desigualdad e incluso convertirse en referente de la izquierda, pero conviene recordar que los rdslss suelen preocuparse de cosas distintas. Los pstpps tienen margen para preocuparse por conceptos: lenguaje, representación, identidad, significado, autorrealización, las necesidades de la parte alta de la pirámide de Maslow. Los rdslss están obligados a pensar en cosas mucho más vulgares: alquiler, salario, coche, deuda, comida y cuánto margen de error queda antes de caer al hoyo. No porque sean intelectualmente más simples, sino porque la precariedad concentra la atención. Cuando no hay dinero, lo material deja de ser materialismo y se convierte en infraestructura de la existencia.
Por eso existe una diferencia entre el pstpps que utiliza la pobreza como objeto intelectual y el que consigue comprender hasta qué punto el dinero ordena la vida de quien no lo tiene. Lo incómodo es que el estudio de la desigualdad queda muchas veces en manos de gente que transforma la desgracia ajena en capital cultural, profesional o moral propio. Entonces la desigualdad deja de ser el problema del alquiler, del salario, de la deuda o de no poder equivocarse y se convierte en discurso: algo que conceptualizar, analizar, publicar y utilizar para medrar. Se habla de los de abajo desde una posición en la que nunca existe riesgo real de acabar abajo.
La frase resulta especialmente interesante porque ninguna de las dos era pobre. Weil era hija de un médico y de una familia culta; su hermano André Weil acabaría siendo uno de los grandes matemáticos del siglo XX. Beauvoir nació también en una familia burguesa católica parisina, con un padre jurista y una madre procedente de una familia acomodada de banqueros. Su familia perdió buena parte de su dinero después de la Primera Guerra Mundial, pero conservó educación, capital cultural y conciencia de clase. Las dos podían hablar de los pobres desde fuera. La diferencia es que Weil parecía entender mejor qué significa que lo material deje de ser una cuestión teórica.
Se puede ser pstpps, hablar constantemente de desigualdad e incluso convertirse en referente de la izquierda, pero conviene recordar que los rdslss suelen preocuparse de cosas distintas. Los pstpps tienen margen para preocuparse por conceptos: lenguaje, representación, identidad, significado, autorrealización, las necesidades de la parte alta de la pirámide de Maslow. Los rdslss están obligados a pensar en cosas mucho más vulgares: alquiler, salario, coche, deuda, comida y cuánto margen de error queda antes de caer al hoyo. No porque sean intelectualmente más simples, sino porque la precariedad concentra la atención. Cuando no hay dinero, lo material deja de ser materialismo y se convierte en infraestructura de la existencia.
Por eso existe una diferencia entre el pstpps que utiliza la pobreza como objeto intelectual y el que consigue comprender hasta qué punto el dinero ordena la vida de quien no lo tiene. Lo incómodo es que el estudio de la desigualdad queda muchas veces en manos de gente que transforma la desgracia ajena en capital cultural, profesional o moral propio. Entonces la desigualdad deja de ser el problema del alquiler, del salario, de la deuda o de no poder equivocarse y se convierte en discurso: algo que conceptualizar, analizar, publicar y utilizar para medrar. Se habla de los de abajo desde una posición en la que nunca existe riesgo real de acabar abajo.
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