Heredamos de nuestros padres dinero, educación, contactos, enfermedades, altura y una cantidad considerable de personalidad. Parece que también heredamos, en cierta medida, una manera de estar en el mundo. Un nuevo estudio [18] encuentra que la satisfacción vital y el malestar psicológico de los padres predicen los de sus hijos incluso cuando ambos son comparados exactamente a la misma edad.
La comparación por edad es importante. No tiene demasiado sentido comparar la felicidad de momentos vitales completamente distintos. Los autores aprovechan más de treinta años de datos británicos para comparar cómo estaba una madre cuando tenía 30 años con cómo está su hijo cuando posteriormente cumple 30. La distribución queda sorprendentemente concentrada alrededor de cero: alrededor de una cuarta parte de los hijos declara exactamente la misma satisfacción vital que tenía su progenitor a esa edad, y aproximadamente otro tercio se encuentra muy cerca.
La transmisión existe, aunque es menor que la de variables económicas. La correlación intergeneracional estimada fue de 0,118 para satisfacción vital y 0,107 para malestar psicológico, frente a 0,141 para ingresos y 0,325 para educación en la misma muestra. El dinero explica una parte del parecido, pero relativamente poca; controlar educación prácticamente no lo modifica. Incluso introduciendo ingresos, educación, empleo, matrimonio, salud y número de hijos, sigue quedando una asociación entre el bienestar de padres e hijos.
No parece heredarse únicamente una cantidad de felicidad, sino también algo de su arquitectura. La evidencia aquí es más sólida para el malestar psicológico que para la satisfacción vital, pero apunta a que las familias transmiten maneras de reaccionar al mundo: regulación emocional, personalidad, expectativas, formas de afrontar la adversidad, clima familiar y quizá predisposiciones biológicas. El estudio no puede separar cuánto procede de genes, educación o cultura familiar.
La comparación por edad es importante. No tiene demasiado sentido comparar la felicidad de momentos vitales completamente distintos. Los autores aprovechan más de treinta años de datos británicos para comparar cómo estaba una madre cuando tenía 30 años con cómo está su hijo cuando posteriormente cumple 30. La distribución queda sorprendentemente concentrada alrededor de cero: alrededor de una cuarta parte de los hijos declara exactamente la misma satisfacción vital que tenía su progenitor a esa edad, y aproximadamente otro tercio se encuentra muy cerca.
La transmisión existe, aunque es menor que la de variables económicas. La correlación intergeneracional estimada fue de 0,118 para satisfacción vital y 0,107 para malestar psicológico, frente a 0,141 para ingresos y 0,325 para educación en la misma muestra. El dinero explica una parte del parecido, pero relativamente poca; controlar educación prácticamente no lo modifica. Incluso introduciendo ingresos, educación, empleo, matrimonio, salud y número de hijos, sigue quedando una asociación entre el bienestar de padres e hijos.
No parece heredarse únicamente una cantidad de felicidad, sino también algo de su arquitectura. La evidencia aquí es más sólida para el malestar psicológico que para la satisfacción vital, pero apunta a que las familias transmiten maneras de reaccionar al mundo: regulación emocional, personalidad, expectativas, formas de afrontar la adversidad, clima familiar y quizá predisposiciones biológicas. El estudio no puede separar cuánto procede de genes, educación o cultura familiar.
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