Entre 1050 y 1150 ocurrió algo que apenas aparece en la imagen popular de la Reconquista: decenas de miles de personas procedentes del otro lado de los Pirineos se instalaron en los reinos cristianos peninsulares. John H. Mundy llama a ese periodo «the great age of French emigration». Llegaron soldados, monjes, comerciantes, artesanos y colonos desde Poitou, Aquitania, Languedoc y Borgoña.
El fenómeno fue especialmente intenso alrededor del Camino de Santiago. Los reyes necesitaban población urbana, comerciantes y artesanos, y ofrecieron a los recién llegados fueros y privilegios. Aparecieron Villafrancas, burgos de francos, rúas de francos y barrios enteros jurídicamente separados de la población local. Conviene precisar que franco no significaba siempre literalmente francés: podía incluir a otros habitantes ultrapirenaicos. Pero el núcleo principal procedía de territorios que hoy pertenecen a Francia, especialmente de Occitania.
Pamplona es probablemente el caso más visual. La ciudad medieval no era todavía una sola ciudad, sino tres núcleos amurallados. La Navarrería era la población autóctona. El Burgo de San Cernin fue creado alrededor de 1090 para comerciantes y artesanos francos, principalmente occitanos; el privilegio de 1129 llegó a prohibir expresamente que se instalaran allí navarros, clérigos, soldados o infanzones. El segundo núcleo nuevo, San Nicolás, también contenía muchos francos, aunque mezclados con navarros. No existe un censo que permita decir honestamente si la mitad de Pamplona era francesa, pero uno de los tres núcleos que formaban Pamplona era inicialmente casi exclusivamente franco y otro tenía una importante población franca.
En Burgos sí podemos aproximarnos mejor. El estudio de la antroponimia encuentra que, a finales del siglo XII, alrededor del 20-25% de los nombres documentados en la ciudad parecen corresponder a francos. En León existía ya en 1092 un Vicus Francorum, articulado alrededor de Santa María del Camino, y la historiografía describe durante los siglos XII y XIII una colonia ultrapirenaica numéricamente muy importante. Para las principales ciudades del Camino en torno a 1200 (Burgos, León, Oviedo, Logroño, Nájera y Santo Domingo) una magnitud del 20-25% del vecindario es una aproximación razonable, aunque no igualmente demostrable para cada ciudad. En Santo Domingo de la Calzada una lista de vecinos ronda directamente el 30%.
Santiago de Compostela también tuvo su Vicus Francorum desde época muy temprana. La actual Rúa do Franco conserva literalmente la memoria de aquellos extranjeros asentados junto al santuario. La presencia está arqueológica y documentalmente acreditada, incluso desde el siglo X.
En algunos núcleos menores o creados específicamente para atraer extranjeros la proporción fue todavía mayor. Las listas medievales sugieren poblaciones francas próximas o superiores a la mitad en determinados momentos de Jaca y Estella; en esta última, una lista de 1248 ha sido interpretada como aproximadamente 75% franca.
España no recibió simplemente influencias francesas: durante uno o dos siglos algunas de sus ciudades del norte tuvieron auténticas colonias occitanas incrustadas en ellas. El Camino de Santiago no fue solo una carretera por la que caminaban peregrinos. Fue un corredor migratorio. Por él entraron personas, apellidos, oficios, capital, arquitectura, instituciones municipales, órdenes religiosas y nuevas formas de vida urbana. Algunas ciudades españolas del siglo XII eran bastante más francesas de lo que hoy se podría creer.
El fenómeno fue especialmente intenso alrededor del Camino de Santiago. Los reyes necesitaban población urbana, comerciantes y artesanos, y ofrecieron a los recién llegados fueros y privilegios. Aparecieron Villafrancas, burgos de francos, rúas de francos y barrios enteros jurídicamente separados de la población local. Conviene precisar que franco no significaba siempre literalmente francés: podía incluir a otros habitantes ultrapirenaicos. Pero el núcleo principal procedía de territorios que hoy pertenecen a Francia, especialmente de Occitania.
Pamplona es probablemente el caso más visual. La ciudad medieval no era todavía una sola ciudad, sino tres núcleos amurallados. La Navarrería era la población autóctona. El Burgo de San Cernin fue creado alrededor de 1090 para comerciantes y artesanos francos, principalmente occitanos; el privilegio de 1129 llegó a prohibir expresamente que se instalaran allí navarros, clérigos, soldados o infanzones. El segundo núcleo nuevo, San Nicolás, también contenía muchos francos, aunque mezclados con navarros. No existe un censo que permita decir honestamente si la mitad de Pamplona era francesa, pero uno de los tres núcleos que formaban Pamplona era inicialmente casi exclusivamente franco y otro tenía una importante población franca.
En Burgos sí podemos aproximarnos mejor. El estudio de la antroponimia encuentra que, a finales del siglo XII, alrededor del 20-25% de los nombres documentados en la ciudad parecen corresponder a francos. En León existía ya en 1092 un Vicus Francorum, articulado alrededor de Santa María del Camino, y la historiografía describe durante los siglos XII y XIII una colonia ultrapirenaica numéricamente muy importante. Para las principales ciudades del Camino en torno a 1200 (Burgos, León, Oviedo, Logroño, Nájera y Santo Domingo) una magnitud del 20-25% del vecindario es una aproximación razonable, aunque no igualmente demostrable para cada ciudad. En Santo Domingo de la Calzada una lista de vecinos ronda directamente el 30%.
Santiago de Compostela también tuvo su Vicus Francorum desde época muy temprana. La actual Rúa do Franco conserva literalmente la memoria de aquellos extranjeros asentados junto al santuario. La presencia está arqueológica y documentalmente acreditada, incluso desde el siglo X.
En algunos núcleos menores o creados específicamente para atraer extranjeros la proporción fue todavía mayor. Las listas medievales sugieren poblaciones francas próximas o superiores a la mitad en determinados momentos de Jaca y Estella; en esta última, una lista de 1248 ha sido interpretada como aproximadamente 75% franca.
España no recibió simplemente influencias francesas: durante uno o dos siglos algunas de sus ciudades del norte tuvieron auténticas colonias occitanas incrustadas en ellas. El Camino de Santiago no fue solo una carretera por la que caminaban peregrinos. Fue un corredor migratorio. Por él entraron personas, apellidos, oficios, capital, arquitectura, instituciones municipales, órdenes religiosas y nuevas formas de vida urbana. Algunas ciudades españolas del siglo XII eran bastante más francesas de lo que hoy se podría creer.
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