Hacia el año 362, el emperador Juliano el Apóstata intentaba restaurar el paganismo romano frente al avance del cristianismo. Envió a su médico Oribasio a Delfos para consultar, y probablemente ayudar a rehabilitar, el antiguo santuario de Apolo.
La respuesta que habría recibido fue: «Di al rey que el hermoso templo ha caído. Febo ya no tiene morada, ni laurel profético, ni fuente que hable. El agua parlante se ha apagado.»
Delfos llevaba siglos funcionando como una máquina de reducir incertidumbre. Reyes, generales y ciudades acudían allí antes de guerras, colonizaciones y decisiones políticas. El oráculo sobrevivió a invasiones, saqueos, terremotos y cambios de régimen. Pero no sobrevivió al cambio religioso del Imperio. Cuando Juliano intentó resucitar a los antiguos dioses, Apolo supuestamente respondió anunciando su propia desaparición.
La respuesta que habría recibido fue: «Di al rey que el hermoso templo ha caído. Febo ya no tiene morada, ni laurel profético, ni fuente que hable. El agua parlante se ha apagado.»
Delfos llevaba siglos funcionando como una máquina de reducir incertidumbre. Reyes, generales y ciudades acudían allí antes de guerras, colonizaciones y decisiones políticas. El oráculo sobrevivió a invasiones, saqueos, terremotos y cambios de régimen. Pero no sobrevivió al cambio religioso del Imperio. Cuando Juliano intentó resucitar a los antiguos dioses, Apolo supuestamente respondió anunciando su propia desaparición.
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