Los grandes simios pueden aprender bastante más de lo que durante mucho tiempo se creyó. Chimpancés y bonobos entrenados con signos o símbolos pueden responder preguntas, pedir comida, reconocer objetos, combinar señales e incluso resolver problemas relativamente complejos. Pero aparece apenas utilizan ese sistema para preguntar espontáneamente por algo que desconocen.
Sarah, una chimpancé estudiada por David y Ann Premack, aprendió alrededor de 130 símbolos y podía contestar correctamente a preguntas formuladas por sus investigadores. Sin embargo, después de años de entrenamiento no utilizaba ese lenguaje para preguntar dónde iba su cuidador, cuándo regresaría o qué era un objeto desconocido. Los Premack llegaron incluso a describir un procedimiento para intentar inducir preguntas creando deliberadamente una ausencia, por ejemplo retirando la comida que el animal esperaba encontrar, pero reconocieron que Sarah no había desarrollado por sí misma ese comportamiento interrogativo.
Con Nim Chimpsky apareció algo parecido. Sus miles de combinaciones de signos parecían inicialmente lenguaje, pero el análisis detallado mostró que gran parte de ellas eran respuestas a señales del entrenador o intentos de conseguir algo. La comunicación era fundamentalmente instrumental: dame esto, quiero aquello, haz esto. No tenía el impulso humano de decir: ¿qué es eso?, ¿por qué ocurre?, ¿dónde está?, ¿cómo funciona?
Los niños hacen exactamente lo contrario. Desde muy pequeños detectan agujeros en su propio conocimiento e intentan llenarlos utilizando la mente de otra persona. En los estudios de Michelle Chouinard, las preguntas infantiles destinadas a obtener información aparecían continuamente; en una de las muestras se registraron unas 76 por hora de conversación. La pregunta funciona como una tecnología cognitiva: descubro que no sé algo, infiero que tú puedes saberlo y utilizo tu cerebro para corregir mi modelo del mundo.
Ahí puede esconderse una diferencia enorme entre inteligencia animal e inteligencia humana. No basta con poseer información. Hay que representar la propia ignorancia como un problema solucionable. La pregunta convierte una carencia de conocimiento en una acción dirigida a obtenerlo.
Sarah, una chimpancé estudiada por David y Ann Premack, aprendió alrededor de 130 símbolos y podía contestar correctamente a preguntas formuladas por sus investigadores. Sin embargo, después de años de entrenamiento no utilizaba ese lenguaje para preguntar dónde iba su cuidador, cuándo regresaría o qué era un objeto desconocido. Los Premack llegaron incluso a describir un procedimiento para intentar inducir preguntas creando deliberadamente una ausencia, por ejemplo retirando la comida que el animal esperaba encontrar, pero reconocieron que Sarah no había desarrollado por sí misma ese comportamiento interrogativo.
Con Nim Chimpsky apareció algo parecido. Sus miles de combinaciones de signos parecían inicialmente lenguaje, pero el análisis detallado mostró que gran parte de ellas eran respuestas a señales del entrenador o intentos de conseguir algo. La comunicación era fundamentalmente instrumental: dame esto, quiero aquello, haz esto. No tenía el impulso humano de decir: ¿qué es eso?, ¿por qué ocurre?, ¿dónde está?, ¿cómo funciona?
Los niños hacen exactamente lo contrario. Desde muy pequeños detectan agujeros en su propio conocimiento e intentan llenarlos utilizando la mente de otra persona. En los estudios de Michelle Chouinard, las preguntas infantiles destinadas a obtener información aparecían continuamente; en una de las muestras se registraron unas 76 por hora de conversación. La pregunta funciona como una tecnología cognitiva: descubro que no sé algo, infiero que tú puedes saberlo y utilizo tu cerebro para corregir mi modelo del mundo.
Ahí puede esconderse una diferencia enorme entre inteligencia animal e inteligencia humana. No basta con poseer información. Hay que representar la propia ignorancia como un problema solucionable. La pregunta convierte una carencia de conocimiento en una acción dirigida a obtenerlo.
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