La obsesión con el lugar, la compañía y el modo adecuados para ver un eclipse es solo una de las muchas formas que tiene una sociedad aconfesional de compensar su falta de liturgia sagrada. Hay que viajar, reunirse, guardar silencio, mirar al cielo en el momento exacto, sentir que se participa colectivamente en algo excepcional. La estructura es religiosa aunque Dios haya desaparecido del relato. Quien desprecia la Luz del mundo (Jn 8,12) acaba organizando peregrinaciones para contemplar durante tres minutos una sombra.
La secularización no elimina la necesidad de trascendencia. Elimina el vocabulario que permitía reconocerla. Después la pulsión reaparece disfrazada de otra cosa: naturaleza, astrología, energía, psicología, política, conciertos, festivales, eclipses. El hombre moderno puede considerar absurda la presencia real de Cristo en una iglesia y, diez minutos después, hablar con absoluta seriedad de «la energía» que sintió en una montaña o un ritual neopagano. No ha dejado de creer. Ha perdido criterio sobre aquello en lo que cree.
Una escena ocurrida junto a la Sagrada Familia lo resume perfectamente. El día anterior a la visita del Papa, una reportera entrevistaba a una mujer que vivía allí. La mujer dejó claro que no era creyente. Mientras hablaba, una mariposa se posó sobre su brazo. Entonces explicó emocionada que aquella mariposa era su madre muerta, porque a su madre le gustaban las mariposas y de ese modo venía a visitarla.
La escena contiene toda la paradoja religiosa contemporánea. La mujer rechaza una tradición de dos mil años, con teología, liturgia, sacramentos, metafísica y una doctrina sólida sobre la muerte y la vida eterna, pero acepta espontáneamente que su madre fallecida se manifieste mediante un insecto. La necesidad de creer permanece intacta mientras desaparecen las estructuras encargadas de ordenarla.
Eso explica por qué una sociedad cada vez menos religiosa no se vuelve más racional. Puede ocurrir exactamente lo contrario. Cuando desaparece la religión no queda un vacío ocupado por ciencia y pensamiento crítico. Quedan necesidades humanas que buscan nuevos objetos: horóscopos, manifestación, vibraciones, sincronicidades, tarot, muertos convertidos en mariposas, eclipses ritualizados y cualquier coincidencia elevada a señal del universo.
El cristianismo tiene una ventaja epistemológica sobre estas supersticiones privadas. Durante siglos desarrolló criterios para distinguir fe de imaginación, revelación de sugestión, milagro de coincidencia, experiencia mística de autoengaño. Santa Teresa dedicó buena parte de su obra precisamente a esa discriminación. Tener una experiencia intensa no bastaba para convertirla en verdad. También el demonio, la imaginación y el propio deseo podían producir experiencias convincentes.
Santa Teresa experimentaba visiones, arrobamientos y fenómenos interiores extraordinarios y, aun así, los sometía al juicio de confesores y hombres formados porque sabía que sentirse absolutamente convencido de algo no demuestra que sea verdadero. La mujer de la mariposa hace lo contrario: experimenta una coincidencia emocionalmente poderosa y, sin ningún criterio exterior, concluye que su madre muerta acaba de visitarla. Las muchedumbres eclipsadas atribuyen a un fenómeno natural energías e influencias que no tiene, y lo ritualizan sin ningún fundamento.
La religión tradicional no elimina lo sobrenatural. Lo disciplina. La superstición moderna conserva lo sobrenatural y elimina la disciplina, adorando las sombras y rechazando la luz.
La secularización no elimina la necesidad de trascendencia. Elimina el vocabulario que permitía reconocerla. Después la pulsión reaparece disfrazada de otra cosa: naturaleza, astrología, energía, psicología, política, conciertos, festivales, eclipses. El hombre moderno puede considerar absurda la presencia real de Cristo en una iglesia y, diez minutos después, hablar con absoluta seriedad de «la energía» que sintió en una montaña o un ritual neopagano. No ha dejado de creer. Ha perdido criterio sobre aquello en lo que cree.
Una escena ocurrida junto a la Sagrada Familia lo resume perfectamente. El día anterior a la visita del Papa, una reportera entrevistaba a una mujer que vivía allí. La mujer dejó claro que no era creyente. Mientras hablaba, una mariposa se posó sobre su brazo. Entonces explicó emocionada que aquella mariposa era su madre muerta, porque a su madre le gustaban las mariposas y de ese modo venía a visitarla.
La escena contiene toda la paradoja religiosa contemporánea. La mujer rechaza una tradición de dos mil años, con teología, liturgia, sacramentos, metafísica y una doctrina sólida sobre la muerte y la vida eterna, pero acepta espontáneamente que su madre fallecida se manifieste mediante un insecto. La necesidad de creer permanece intacta mientras desaparecen las estructuras encargadas de ordenarla.
Eso explica por qué una sociedad cada vez menos religiosa no se vuelve más racional. Puede ocurrir exactamente lo contrario. Cuando desaparece la religión no queda un vacío ocupado por ciencia y pensamiento crítico. Quedan necesidades humanas que buscan nuevos objetos: horóscopos, manifestación, vibraciones, sincronicidades, tarot, muertos convertidos en mariposas, eclipses ritualizados y cualquier coincidencia elevada a señal del universo.
El cristianismo tiene una ventaja epistemológica sobre estas supersticiones privadas. Durante siglos desarrolló criterios para distinguir fe de imaginación, revelación de sugestión, milagro de coincidencia, experiencia mística de autoengaño. Santa Teresa dedicó buena parte de su obra precisamente a esa discriminación. Tener una experiencia intensa no bastaba para convertirla en verdad. También el demonio, la imaginación y el propio deseo podían producir experiencias convincentes.
Santa Teresa experimentaba visiones, arrobamientos y fenómenos interiores extraordinarios y, aun así, los sometía al juicio de confesores y hombres formados porque sabía que sentirse absolutamente convencido de algo no demuestra que sea verdadero. La mujer de la mariposa hace lo contrario: experimenta una coincidencia emocionalmente poderosa y, sin ningún criterio exterior, concluye que su madre muerta acaba de visitarla. Las muchedumbres eclipsadas atribuyen a un fenómeno natural energías e influencias que no tiene, y lo ritualizan sin ningún fundamento.
La religión tradicional no elimina lo sobrenatural. Lo disciplina. La superstición moderna conserva lo sobrenatural y elimina la disciplina, adorando las sombras y rechazando la luz.
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