Ray Peat tenía una capacidad bastante rara para convertir una teoría fisiológica enorme en recomendaciones casi infantiles: «¿Puedes quizá beber un poco más de leche y zumo de naranja? Quizá una zanahoria.» Después internet consiguió hacer exactamente lo contrario y convirtió a Peat en una religión bioquímica de suplementos, ratios, temperaturas, hormonas, luz roja, aspirina, tiroides y discusiones infinitas sobre cada alimento.
La gracia es que buena parte de su intuición original era precisamente simplificar el metabolismo. Suficiente energía, carbohidratos fáciles, proteína y calcio, pocos PUFAs, buena digestión, luz, calor y poco estrés. Leche. Zumo de naranja. Una zanahoria. No hacía falta construir un laboratorio doméstico para desayunar.
Esto ocurre con casi cualquier sistema interesante. Alguien descubre unos pocos principios útiles y sus seguidores los convierten en una escolástica. Aparecen protocolos, excepciones, optimizaciones de tercer orden y personas que ya no pueden comerse un huevo sin calcular qué está haciendo con su cortisol. La sofisticación sirve para descubrir principios. Después hay que tener inteligencia suficiente para volver a lo simple.
La gracia es que buena parte de su intuición original era precisamente simplificar el metabolismo. Suficiente energía, carbohidratos fáciles, proteína y calcio, pocos PUFAs, buena digestión, luz, calor y poco estrés. Leche. Zumo de naranja. Una zanahoria. No hacía falta construir un laboratorio doméstico para desayunar.
Esto ocurre con casi cualquier sistema interesante. Alguien descubre unos pocos principios útiles y sus seguidores los convierten en una escolástica. Aparecen protocolos, excepciones, optimizaciones de tercer orden y personas que ya no pueden comerse un huevo sin calcular qué está haciendo con su cortisol. La sofisticación sirve para descubrir principios. Después hay que tener inteligencia suficiente para volver a lo simple.
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