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San Francisco Javier no hacía diálogo interreligioso

8/27/2026

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La carta que San Francisco Javier envía desde la India a los jesuitas de Roma en 1543 [15] resulta interesante precisamente porque no contiene casi nada de la sensibilidad religiosa moderna. No viaja a «conocer otras espiritualidades», establecer un diálogo entre tradiciones o descubrir cuánto tienen todas en común. Está convencido de que el cristianismo es verdadero, de que las religiones paganas son falsas y de que su obligación es convertir al mayor número posible de personas antes de morir. Todo lo demás deriva de ahí.
 
Su método es extraordinariamente práctico. Como no entiende la lengua local, busca intérpretes, traduce el catecismo al malabar, lo memoriza y recorre los pueblos tañendo una campana para reunir a niños y adultos. Les enseña el Credo, el Padrenuestro, el Ave María y los Mandamientos; después utiliza a los propios niños como una red distribuida de evangelización para que enseñen a padres, familiares y vecinos. Cuando el sistema funciona en un pueblo, deja una copia de la doctrina, designa responsables y pasa al siguiente.
 
Tampoco existe ambigüedad respecto a los ídolos. Javier celebra que los niños cristianos los derriben, rompan, escupan, pisoteen y pateen. Para él no son expresiones culturales merecedoras de conservación, sino objetos de una religión falsa que debe desaparecer. La escena resulta inaceptable para la sensibilidad contemporánea. Un misionero del siglo XVI no creía que todas las religiones fueran aproximaciones culturales igualmente válidas a una misma trascendencia. Creía que unas afirmaciones eran verdaderas y otras falsas, y que de esa diferencia dependía la salvación eterna.
 
Su descripción de los brahmanes es todavía menos conciliadora. Los llama perversos, mentirosos y tramposos y sostiene que utilizan el culto a los ídolos para vivir a costa de la población: presentan como exigencias de los dioses aquello que ellos mismos desean recibir, comen las ofrendas y amenazan al pueblo con enfermedades, demonios y castigos si deja de mantenerlos. Interpreta el conflicto religioso también como un conflicto de incentivos. Según él, los brahmanes se resisten al cristianismo no solo porque crean otra cosa, sino porque su posición social y económica depende del sistema religioso existente.
 
La carta se vuelve más interesante cuando encuentra a brahmanes cultos. San Francisco Javier entra en una pagoda con unos doscientos, discute con ellos sobre Dios, el alma, el cielo y el infierno, y reconoce explícitamente que los argumentos escolásticos demasiado sutiles no sirven allí: hay que razonar de una manera que el interlocutor pueda entender. Después encuentra a un brahmán formado que le confiesa en privado que cree en un solo Dios creador y considera los ídolos imágenes de demonios. El santo misionero intenta convertirlo, pero se niega a bautizarlo secretamente bajo las condiciones que este exige. La obsesión no es acumular conversiones estadísticas a cualquier precio, sino producir cristianos que acepten públicamente las consecuencias de lo que afirman creer.
 
El santo imagina regresar a las universidades europeas, especialmente París, «gritando como un loco» a los hombres cultos cuya ciencia, dice, es mucho mayor que su caridad, preguntándoles cuántas almas caen al infierno por culpa de que ellos permanezcan estudiando mientras nadie va a convertirlas. No desprecia el conocimiento. Desprecia el conocimiento que no produce acción.
 
Es difícil entender a San Francisco Javier si se elimina de él lo que hoy resulta incómodo. Su tolerancia religiosa era casi nula, su seguridad doctrinal absoluta y su lenguaje sobre otras religiones es feroz. Pero precisamente esa certeza explica por qué atravesó medio mundo, aprendió lenguas, bautizó hasta perder la fuerza de las manos y organizó pueblos enteros alrededor de una doctrina extranjera. Si realmente crees que existe una verdad de la que depende la eternidad, el relativismo deja de parecer tolerancia y empieza a parecer indiferencia.
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