Durante las revoluciones de 1848, los combates llegaron literalmente hasta la calle de Schopenhauer en Frankfurt. Cuando soldados austríacos aparecieron en su edificio buscando una posición desde la que disparar contra los revolucionarios, Schopenhauer los dejó entrar. Los llamaba «queridos amigos» y, cuando buscaron un punto de tiro mejor, prestó a un oficial sus grandes prismáticos de ópera para que pudiera observar a los insurgentes detrás de las barricadas.
No era una extravagancia momentánea. Schopenhauer detestaba la revolución porque veía en ella exactamente aquello que esperaba del hombre cuando desaparece el orden: violencia, saqueo, resentimiento y lucha por la propiedad. Su filosofía podía despreciar el Estado, la sociedad burguesa y casi toda forma de optimismo histórico, pero entre una autoridad mediocre y una multitud revolucionaria prefería la autoridad.
La prueba definitiva llegó en su testamento. Sin esposa ni hijos, nombró heredero universal a un fondo creado para auxiliar a soldados prusianos incapacitados durante las insurrecciones de 1848 y 1849 y a las familias de quienes habían muerto defendiendo el orden. Convirtió a los hombres que habían reprimido la revolución en los principales beneficiarios de su patrimonio.
Hay algo extraordinariamente coherente en ello. Schopenhauer pensaba que el sufrimiento, el conflicto y el egoísmo no eran accidentes producidos por instituciones defectuosas, sino características permanentes de la existencia humana. Una revolución que prometía fabricar un hombre nuevo le parecía por eso doblemente estúpida: destruía el orden existente basándose precisamente en una concepción demasiado optimista de quienes iban a sustituirlo. Todo lo que ha sucedido desde su muerte le ha dado la razón.
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No era una extravagancia momentánea. Schopenhauer detestaba la revolución porque veía en ella exactamente aquello que esperaba del hombre cuando desaparece el orden: violencia, saqueo, resentimiento y lucha por la propiedad. Su filosofía podía despreciar el Estado, la sociedad burguesa y casi toda forma de optimismo histórico, pero entre una autoridad mediocre y una multitud revolucionaria prefería la autoridad.
La prueba definitiva llegó en su testamento. Sin esposa ni hijos, nombró heredero universal a un fondo creado para auxiliar a soldados prusianos incapacitados durante las insurrecciones de 1848 y 1849 y a las familias de quienes habían muerto defendiendo el orden. Convirtió a los hombres que habían reprimido la revolución en los principales beneficiarios de su patrimonio.
Hay algo extraordinariamente coherente en ello. Schopenhauer pensaba que el sufrimiento, el conflicto y el egoísmo no eran accidentes producidos por instituciones defectuosas, sino características permanentes de la existencia humana. Una revolución que prometía fabricar un hombre nuevo le parecía por eso doblemente estúpida: destruía el orden existente basándose precisamente en una concepción demasiado optimista de quienes iban a sustituirlo. Todo lo que ha sucedido desde su muerte le ha dado la razón.
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